Mis razones secretas para tener una mala postura

Como yoguis, muchos ya pensamos en la postura como algo multidimensional. Sabemos que la postura óptima se basa tanto en comprender qué es la postura ideal como en tener la fortaleza en los músculos para mantener una alineación sana. Sabemos que puede ser moldeada —para bien o para mal— por fuerzas externas, como las actividades diarias y la ergonomía de/en nuestras vidas. Y, además, nuestras posturas pueden ser la expresión exterior del estado de ánimo o de los rasgos de personalidad. Quienes estamos interesados en este tema, muchas veces vemos en las posturas incorrectas las señales de que sucede algo negativo. Asociamos la cabeza baja (inclinada hacia el piso) con la tristeza, los hombros curvados hacia adelante con el deseo de esconderse, el mentón al frente con la hostilidad.

Pero yo creo que hay otro factor en juego que hace que la desalineación se vuelva especialmente resistente al cambio en algunos casos, sin importar cuánto aprendamos sobre alineación o cuán efectivamente fortalezcamos nuestros músculos estabilizadores. Rediseñamos cuidadosamente nuestros espacios de trabajo o trabajamos para mejorar nuestras actitudes, pero así mismo algunos casos de mala postura persisten…. ¡porque, sencillamente, en algún nivel sentimos que no queremos pararnos correctamente! Nuestras posturas incluyen un mosaico de desalineaciones a las que estamos apegados porque nos gusta lo que un cierto defecto postural transmite o, por el contrario, no nos gusta lo que transmite una postura perfecta.

Por ejemplo: en mi profesorado de yoga un maestro me explicó que al alinear nuestras orejas sobre los hombros hacemos que nuestra postura sea “majestuosa”. En lugar de estirar el cuello hacia adelante para ir hacia el mundo, podríamos colocar nuestras cabezas un poco hacia atrás y así expresar nuestra confianza “regia” de que el mundo viene a nosotros. Me encantó ese sentimiento e hice todo lo posible para mantener mi porte “de reina”. Pero una y otra vez descuidé la postura, la mayoría de las veces cuando estaba en compañía de otros. Y más todavía cuando me estaba divirtiendo.

Entonces me di cuenta de lo que la postura hacia delante significa para mí: Estoy escuchando. Soy humilde. Me inclino ante ti. Me importa.

¿Por qué demonios no podía mantener mi cabeza hacia atrás? Ciertamente, el hábito era parte de esto, pero yo había logrado romper otros hábitos con menos dificultad. ¿Qué había detrás? Una noche, en una habitación llena de nuevos amigos —un lugar cálido en una ciudad que de otra manera había sido muy fría— observé a todos disfrutando de la compañía del otro. Sus cabezas se movían unas hacia las otras, como si estuvieran magnetizadas por el interés. Había algo hermoso en esto. Era como si todas estas cabezas que se movían hacia adelante intentaban salvar la distancia entre las mentes. Entonces me di cuenta de lo que la postura hacia delante significa para mí: Estoy escuchando. Soy humilde. Me inclino ante ti. Me importa.

Era eso. Estaba segura: no llevé la cabeza hacia atrás esa noche porque esa postura no coincidía con lo que sentía o lo que quería transmitir. ¡Con amigos no quería ser una reina! Una reina, para mí, ve a los demás como sujetos y los mantiene a distancia. La gente tiene miedo de acercarse a ella. Puede sostener la cabeza recta, pero abandona el mundo.

En un intento por motivar a sus alumnos a mantener una postura erguida, he escuchado a algunos maestros de yoga decir: “¿No es la persona que está erguida, que tiene los pies sobre el suelo y se estira a través de la coronilla, con quien todos quieren hablar en la fiesta?”

Tal vez algunos quieran acercarse a esa persona, atraídas por su aparente seguridad en sí misma. Pero yo no. ¿Por qué prefiero al tipo encorvado y desgarbado junto a la mesa de aperitivos? Supongo que su postura me dice “no estoy seguro de mí mismo”. Me da la impresión de que no es arrogante. Tal vez no está seguro de querer estar aquí, de plantarse firmemente en este lugar y entre esta multitud. Es una duda con la que estoy de acuerdo, ya que me parece sospechoso tanto entusiasmo por la posibilidad actual (teniendo en cuenta todas las posibilidades que hay en el mundo). Y, aun así, para haber adoptado esa postura descuidada y ligeramente precaria —con las caderas inclinadas y una rodilla flexionada, por lo que la brisa más ligera podría derribarlo— debe sentirse seguro. Admiro su habilidad para relajarse aún dentro de su incertidumbre.

Y si soy de pies ligeros, tal vez sea porque todavía no me comprometo. Estoy lista para ser arrastrada, con energía para ir hacia la siguiente gran aventura, llevada por la próxima gran idea. Hace unos años, en la escuela de posgrado, mi hombro izquierdo comenzó a molestarme. Finalmente encontré la causa en una nueva —pero constante— desviación del hombro de su alineación habitual. Esto fue mucho después de haber comenzado a hacer yoga. Sabía dónde debía estar mi hombro izquierdo y tenía la fuerza y ​​la flexibilidad para llevarlo hasta allí. Había estado en ese lugar. Pero ahora, de repente, no lo estaba.

No podía darme cuenta por qué. Un día, al comienzo de una clase sobre el arte de enseñar poesía, mi profesora dijo que había ido al médico para recibir una inyección de esteroides en el hombro izquierdo. “Por supuesto que necesita una inyección de esteroides”, pensé con mi superioridad de persona que hace yoga (como digo en este artículo, uno de los inconvenientes de mi práctica enfocada en la alineación ha sido la tendencia a culpar a los demás por sus propias lesiones). Cuando hablaba, sus hombros estaban más o menos en el lugar correcto, pero tan pronto comenzaba a escuchar a uno de sus alumnos, su hombro izquierdo se iba hacia adelante.

Mientras escuchaba a mi profesora y tomaba apuntes, me di cuenta de que había estado moviendo mi hombro izquierdo hacia adelante, como ella. Eso fue todo. El resto de la clase flotó en algún lugar sobre mi cabeza mientras reflexionaba sobre el equivocado intento de imitar a una mujer que admiraba, tanto que me había llevado a adoptar inconscientemente su propio hábito postural. En algún nivel debo haber pensado que adoptar un “hombro de escuchar” sería un paso en el camino para convertirme en una gran escritora y profesora.

Mirando las notas que estaba tomando distraídamente, me di cuenta de que mi letra también era una serie de afectaciones robadas de otras personas a las que quería parecerme. Años después de copiar conscientemente algunas de las adorables letras redondas de Heidi, agregué las consonantes puntiagudas de mi genial amigo Chris y luego, en la universidad, caí bajo la influencia persuasiva de las sensatas y racionales letras mayúsculas. Todo esto me llevó a una manera de escribir que ahora es, en su mayor parte, inconsciente.

El episodio del “hombro de escuchar” puede haber sido algo casual, pero hay otros hábitos posturales que he aprendido tan intencionalmente como lo hice con esas letras mayúsculas.

En un libro que leí cuando finalizaba la escuela primaria, la protagonista era una chica seria que se la describía como siempre encorvada sobre sus libros. Los adultos escuchaban lo que ella tenía para decir, tal vez porque esa espalda encorvada simbolizaba la seriedad de su propósito, su desinterés por la vanidad. A causa de esa espalda encorvada, ella era diferente de otros niños. Yo quería ser como esa chica: quería, a los doce años, que mis mejores amigos fueran los libros ¡y tener una joroba! (No ayudó que mi maestra ese año tuviera un caso avanzado de cifosis torácica). Retiré libros de la biblioteca según su tamaño y trabajé diligentemente para encorvar mi columna vertebral. Mi madre me llevó a una especialista en alergias debido a los problemas respiratorios que estaba teniendo —lo que, ahora que lo pienso, podría haber estado relacionado con mi joroba de intelectual— y la doctora dijo: “Oh, querida. Mírala, sus hombros están encorvados hacia adelante”. Lo que pensé en ese momento fue: “¡Lo logré!”

Pero eso no fue todo. Cuando era adolescente, tuve una etapa de caminar apoyando primero la punta de los pies, pensando que este método era mucho más elegante que dejar que mis talones lo hicieran primero. Me aseguraba de estar parada sobre los dedos de los pies porque quería ser bailarina. Hice que mi dedo meñique se alejara del asa de la taza porque así era como (según la televisión) las damas victorianas sostenían sus tazas a la hora del té. (En esta etapa de mi vida de altas pretensiones, quería que me confundieran con una aristócrata de vida disipada, quizás de ascendencia rusa, que mantenía sus hábitos elegantes en su exilio en medio del oeste de los Estados Unidos).

Después de un tiempo esos patrones de movimiento y postura se volvieron tan automáticos como mi escritura y mi firma, la que también forcé durante muchos años. Busqué llegar a ese garabato observando las firmas de otros y tomando lo que me gustaba de ellos, pero ahora esta firma es tan mía como mi columna. También está torcida, sus letras se inclinan hacia adelante como si estuvieran escuchando.

Por un lado, después de décadas de yoga, hay hábitos posturales desviados de la postura ideal del yoga que me parecen sencillamente dolorosos: hombros elevados, mentón tan levantando que la parte posterior del cuello se arruga, pelvis trasera metida hacia adentro, tobillos que caen uno hacia el otro.

Por otro lado, los hábitos de la cabeza hacia adelante, la inclinación de las caderas y una incertidumbre en los pies todavía me parecen atractivos. Las connotaciones positivas que estos hábitos tienen para mí me hacen muy difícil abandonarlos, a pesar de todo el tiempo que paso con la espalda apoyada contra las paredes. Todavía no quiero renunciar a ellos, al menos no lo suficiente como para quitármelos por completo.

Para los que enseñamos yoga, comprender los sesgos que determinan nuestras propias tendencias posturales nos permite tener una mayor comprensión de nuestros alumnos. Al fin y al cabo, tenemos que lidiar tanto con sus ideas inconscientes como con sus limitaciones y características físicas: el hombre alto que piensa que sería desconsiderado pararse derecho y hacer que otros estiren el cuello para mirarlo, la mujer que cree que si mueve sus caderas mientras camina podría parecer insinuante y no quiere transmitir eso, la joven que cree que levantar su pecho sería una actitud vanidosa de querer mostrarse, el joven que erróneamente cree que levantar el mentón tanto como para que su cuello se arrugue lo hace parecer seguro de sí mismo.

Para los que enseñamos yoga, comprender los sesgos que determinan nuestras propias tendencias posturales nos permite tener una mayor comprensión de nuestros alumnos.

Es posible que logremos que un alumno aprenda a mantener la cabeza erguida si la única razón que tiene para inclinarla es la forma en que sostiene el teléfono. Pero si, en algún nivel, piensa que la inclinación hacia la derecha de su cabeza indica escepticismo o curiosidad, o cualquier otro rasgo que valore, cambiar esa postura puede ser más difícil. Su deseo de ser un cierto tipo de persona y mostrarlo a los demás, puede anteponerse a su deseo de centrar la cabeza y liberarse del dolor.

Si bien podemos ayudar a nuestros alumnos a que reconsideren esas ideas asumidas, solo cambiarán cuando estén listos. En algunos casos, esto puede implicar largos procesos de autodescubrimiento.

Para mí, superar la etapa de mi vida “encorvarme es atractivo” sucedió naturalmente en mi adolescencia, cuando quise ser alguien no tan serio y tener amigos que no fueran libros.  Tal vez pueda aterrizar mis pies cuando esté cien por ciento segura de que quiero estar donde estoy. Tal vez pueda mover mi cabeza hacia atrás, a donde pertenece, cuando esté lista para ser la reina. O —y esto es más probable— cuando esté lista para creer que una buena postura no es, después de todo, solo para las reinas. O que las reinas también pueden escuchar y amar.

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Amber Burke

Amber Burke

Amber Burke lives in New Mexico and works at UNM-Taos, where she coordinates the Holistic Health and Healing Arts Program, anchors the 200-hour yoga teacher training, and teaches various writing... Leer más>>  

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